Testimonio 3
Soy Una Triunfadora...

Cuando se ha tenido ausencias de todo, cuando en la infancia se ha sentido el rechazo de los padres, el sobreponerse a ello y crecer en busca de la trascendencia como ser humano, no es cosa fácil.

Si tuviera que buscar un nombre para titular mi vida, sin duda alguna que este sería:
Lo que el mundo desecha, Dios lo recoge, porque a mí me hicieron a un lado, pero Él me recogió y me protegió a través del amor de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres.

Conocí a mi padre el día que mi madre murió, tenía entonces 12 años de edad, creí que me llevaría a vivir con él y no lo hizo, pues yo había sido engendrada fuera del matrimonio y él tenía su propia familia.

Debido a los convencionalismos sociales, al que dirán y al temor que no me aceptarán en su círculo social, me donó al Hogar Ortigosa, para siempre.

Aprendí a crecer con mi realidad, nunca juzgue a mi padre, lo único que me dolía era la separación de mi hermana, ella se quedó de interna en un colegio de México, D.F. y yo en el Hogar Ortigosa en Monterrey.

Llegue al Ortigosa triste, insegura, no sabía lo que me esperaba, no tenía a nadie, no tenía amor.

Las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres se convirtieron en mis madres sustitutas, sufrieron por mi y conmigo. Ellas trataron de unirme con mi padre, pero mi padre y su familia me rechazaron y las rechazaron también a ellas.

Mi padre tuvo seis hermanos y mi madre doce, y nadie fué capaz de hacerse cargo de una sobrina huerfana, y nunca me buscaron. Comprender que uno no le interesa a nadie, produce un dolor agobiante e intenso que parece no acabar nunca.

Lo primero que hicieron mis queridas madres fué enseñarme a enfrentar mi realidad, a aceptarme a mi misma tal como era, a aceptar que no contaba con ningún familiar, y ésto duele, pero cuando uno conoce su propia verdad, el corazón sana.

Yo aprovechaba todo, los trabajos, las fiestas, los paseos, los estudios, el lavar la loza del internado. Pienso que se es feliz cuando se construye la felicidad con los dones que Dios nos da.

Al observar las madres mis capacidades y mi forma de actuar consiguieron con bienechores que yo pudiera concluír una carrera en la universidad labastida.

Al mismo tiempo, crecía en la fé, en cursos que tomaba fuera del internado; mis madres me enviaron al movimiento Por un Mundo Mejor, a las Jornadas de Vida Cristiana y al Movimiento para Lideres Cristianos.

En 1963 me converti en la primera mujer presidenta del movimiento de Jornadas de Vida Cristiana y empecé a viajar llevando un mensaje a otras ciudades como San Luis Potosí, Saltillo, Torreón, etc.

Dentro de la Actividad de éstos movimientos, encontré mi realización. Mi vida cambió de manera increíble, ahora podía practicar todo lo que me habían enseñado mis madres en el Ortigosa. Con la acción y la práctica me desarrollé más en la vida social.

En éste ambiente de jóvenes católicos, encontré dos verdaderos amigos, ellos me invitaron a su casa, un verdadero hogar, y sus padres me adoptaron espiritualmente y hasta la fecha me siguen brindando su amor.

Fueron ellos, mis padres espirituales quienes me entregaron en el altar de la purísima, a mi esposo. El Hogar Santa Sofía del Hospicio Ortigosa fué engalanado por todas mis compañeras y allí se celebró la recepción de bodas.

Con mi carácter, exigí a la vida mis derechos, estudiar, trabajar, salir de blanco de mi casa, el Hogar Santa Sofía; y brindarle a mi esposo una novia vestida de blanco.

Después de 28 años de feliz matrimonio, me invitaron a celebrar el 30 Aniversario de la Fundación del Movimiento de Jornadas de Vida Cristiana y nos reunimos todos los jóvenes que participamos en su creación en aquella época.

Me sentí orgullosa de poder mostrarles mi vida, las fotos de mi esposo, de mis cuatro hijos, de mi hogar, ¡Mi Propio Hogar!, maravillosa palabra que hace repetir ¡Gloria a Dios!.

Con mi esposo llegamos a ser directivos de la Federación Mexicana de Tenis, él es un artista reconocido, y juntos formamos parte de la comunidad Luz de Jesús, donde tengo un grupo de personas a mi cargo.

Con mi esposo y mis hijos viajamos por diversos lugares. Mis hijos visitan a sus abuelitas, “Mis Madres”, y puedo decir que de aquella niña que un día llegó al Hogar Ortigosa porque su familia la rechazó, no queda nada, porque ahora puedo decir con la cabeza erguida y con seguridad en la voz, YO SOY PILAR, SOY MUY FELIZ y SOY UNA TRIUNFADORA.

Pilar Medinilla de Jasso.

 
 
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